La tierra de Hani Amer

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Amanece. Ellos siguen encerrados. Llevan así mucho tiempo y esa es justamente la táctica del contrario: vencer por desgaste como consigue vencerte cada plano del documental ‘El color de los olivos’. Al visionarlo, cada imagen te desespera y llegas a la conclusión de que te has pasado 97 minutos intentando que todo fuese una pesadilla. Trabajo en balde.

Bajo la fuente de luz que les ofrece de manera gratuita el sol, Carolina Rivas y Daoud Sarhandi tienen el escenario listo para gritar ¡acción! y empezar a rodar. No lo he hablado con ellos pero siento que les hubiera encantado que la localización realmente fuera un plató ficticio y que la familia Amer hubiera sido un grupo de actores y actrices dispuestos a mostrar lo mejor de cada uno. Tampoco esto fue así, pero ojalá lo hubiera sido, pienso repetidamente.

Entre las personas muchas veces se alzan muros imaginarios que tontamente pensamos que no se pueden destruir. En este caso, entre Israel y Palestina se levantó un muro de verdad que desgraciadamente no nace de un largometraje de ficción. Rivas y Sarhandi nos brindan la posibilidad de viajar con ellos a Masha, una aldea palestina. Allí vive o, por lo menos lo intenta cada día, la familia Amer. Su casa está aislada del mundo que les rodea, de su trabajo, de su escuela, de sus médicos, de sus campos… de su vida en sociedad. Hani Amer y su esposa Munira junto a sus seis hijos viven rodeados por el muro de Cisjordania, un muro que separa su aldea de su hogar. No es que vivan junto al muro sino que sus vidas están dentro del muro. En definitiva, su casa está en ‘zona militar’.

Actualmente, Rivas nos cuenta que, desde que ellos filmaron el documental en 2006 hasta ahora, los hijos mayores se han casado o se han independizado dejando atrás ese muro para labrar unos caminos que no tengan tope, que no dependan del horario de un militar que quiera o no abrir la puertas y cercas de alambre que quebraron sus infancias.

Pero el cabeza de familia no abandonará jamás su tierra a pesar de que los israelíes insisten en tentarle de una u otra manera ofreciéndole dinero o amenazándole con que todo puede ir a peor para los suyos. La paciencia es una virtud desmedida en Hani Amer, lleva cuarenta años ensayando, tomando aliento.
El olivo representa la resistencia palestina y más aún cuando nos cuentan que los Amer fueron expulsados de su casa durante diez años y vivieron bajo los olivos. Personalmente para mi representa la esperanza.
Hani durante la cinta protagoniza un momento que yo definiría como mágico. Él se tumba en su tierra y suspira en concordancia con la poca naturaleza que ha sabido guardar entre sus manos. Mira al cielo, supongo que confiando en un mañana mejor, ya ni siquiera para él sino para los que vienen siguiendo sus pasos, niños y niñas que no entienden de guerras, de terrorismo, de maldad. Sólo observan a su padre con sus mochilas a los hombros para saber si hoy podrán o no ir al colegio que tanto les gusta, simplemente porque allí está el resto del mundo esperándoles con pinturas, cuadernos, sonrisas y juegos.
Hani en conexión con la tierra irradia paz en uno de los puntos más conflictivos del planeta. Para hacer un símil con nuestra realidad (que no se parece absolutamente en nada), es como si ustedes cuando bajasen aseados y listos para comenzar una nueva jornada de trabajo en vez de recibirles con una sonrisa el portero de su vivienda, se encontrasen con un militar armado que le indica (deduzco que sin una sonrisa) que tiene que regresar a su casa y que no sabrá cuando se abrirán las puertas de su portal. Tal vez en diez minutos, tal vez en horas, tal vez hoy no toque salir…algo desesperante. Inhumano es la palabra exacta.
El trabajo de estos dos cineastas intensifica los sentidos del espectador cuando nos encontramos ante una cinta sin pistas musicales, cada uno lleva su propia banda sonora por dentro. Sólo el traqueteo de las ruedas de los jeep militares y el silencioso mirar interrogante de los hijos acompañan las imágenes, primeros planos que intiman con unos ojos asustados, resignados pero siempre luchadores.
Y es que dentro de estas historias macabras que algunos gobiernos permiten que sucedan siempre está la presencia de inocentes que van, en este caso, desde unos niños que no comprenden nada hasta dos burros que viven con la familia Amer y que muestran la pureza del ser vivo en un pueblo que vive bajo la ocupación israelí. “Hubo una conexión orgánica”, manifiesta la directora.
Hoy, 22 de abril, que se celebra en muchos países el Día de la Tierra para concienciar sobre los problemas de la producción de contaminación, la conservación de la biodiversidad y otras preocupaciones ambientales para proteger a ésta, me gustaría brindarle todo mi cariño a Hani porque no hay mejor embajador que él ya que ha demostrado día tras día durante muchos años el cariño que tiene a su trocito de tierra, esa que le quieren arrebatar de manera cruel.
La tierra en la que uno vive, se siente, se protege, se quiere, se añora cuando uno la abandona y se llora si a uno se la arrebatan.
Texto: Natalia Pulido. @npulidojimenez
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