Relato corto: ‘La flor estúpida’ (I)

Hoy, ni se ha acabado el mundo ni hay expectativas de cambio. Sin embargo, hay relatos cortos que, si no se publican nunca, se quedan sin ver la luz. Por ello, aprovecho este día para retomar mi compromiso con la escritura, esa acción solitaria que te encierra en una burbuja de un mundo paralelo.

‘La flor estúpida’ es un trabajo que realicé para presentarme al concurso que organiza www.revistaparaleer.com bajo el nombre de ‘Cosecha Eñe’. Un intento de hacer lo que soñé desde que era pequeña: escribir.
Bajo el compromiso de seguir mi trabajo en este blog comienzo mi nueva andadura en solitario. En este blog encontrarás entrevistas, reflexiones, reportajes, fotografía y vídeos.
¡Espero que os guste!

La flor estúpida

Fotografía de Natalia Pulido
Todavía no ha parado de llover, pero eso ahora, que más da. Llevaba meses en casa encerrada, me había aburrido de salir a la calle y no cruzar aliento con ningún ser humano. No creí en ningún momento en sus palabras, es más, me reía de sus estúpidas amenazas y eso debió de sentarle tan mal que hizo desaparecer todo lo que quería.
Estos minutos los guardo siempre para mirar por la ventana. Ahora que no existe nada más que las horas que pasan en el reloj, le agradezco que por lo menos me haya perdonado la compañía de Dharma. Tan sólo tiene siete meses y es la única que interrumpe mi mirada perdida para descubrir en mi rostro una sonrisa cuando me trae, con esa cara de despistada, una pelota sin aire para jugar. Se lo pide su raza, juguetona, cariñosa, protectora.
Me encuentro tan desesperada por tener una conversación con alguien que charloteo con ella como si fuera a entenderme. Después de mi coloquio mueve las orejas de un lado a otro como si supiese que ha cumplido la función del día: que su dueña deje de perseguir el segundero que lleva cinco meses atormentándola con su tic tac. Ese ruido arruina todas las expectativas de vida que había soñado.
Sigo buscando una explicación a lo sucedido pero de verdad que no la encuentro. Hace cinco meses las calles estaban llenas de personas que disfrutaban de la lluvia, del sol, de las terrazas con la llegada del buen tiempo porque, aunque hoy llueva, la primavera ya ha hecho su entrada y no tengo a nadie con quien celebrarlo.
Aquella tarde, de la que hoy parece que ha pasado una eternidad, nos juntamos toda la familia para compartir risas. A mi novio se le había ocurrido celebrar su cumpleaños con todas las personitas importantes en su pequeña trayectoria de vida.
-Somos jóvenes -reía Eladio, a punto de cumplir los temidos 30 años que te hacen ser adulto y, por otro lado, agarrarte al niño que llevas dentro con desazón.
Nos presentamos todos, con nuestras mejores galas, para dirigirnos expectantes a la sorpresa que nos tenía preparada mi complemento, como a mi me gusta llamarle, porque llevo más vida con él que sin él, a pesar de lo joven que soy y que ahora, ya no sé si lo soy de verdad o me agarro a esta idea como un enamorado se agarra a su última oportunidad.
Entramos en una sala que a mi ya de primeras me catapultó al vacío. Sin embargo, no pareció ocurrirle lo mismo a nadie de los que me rodeaban y que podría decir orgullosa que son gente que me quiere, que me aprecia, que me apoyan en todas mis decisiones.
Como ninguno sintió aquel malestar que a mi me erizaba la piel, decidí relajarme, a fin de cuentas estaba protegida, podría decir que todos y cada uno de ellos me demostraban su cariño de formas distintas, ese amor haría que se cortaran un brazo por mí. Esta última frase es muy típica cuando uno intenta contabilizar y poner valor al cariño de los demás.
El hombre de la entrada nos acompañó hasta la mesa reservada y nos fuimos acoplando entre bromas, un cachondeo que desde niña he vivido como si la risa fuese un arma letal contra todos los males del planeta. En ese sentido, pensé que íbamos armados hasta los dientes.
Empezaron a traernos los platos que habíamos elegido para la cena. Una odisea como siempre, porque a unos no les gusta el atún y a otros les encanta. Y con la boca llena comenzó el desastre.
Allí, encima del escenario, apareció aquel hombre, dispuesto a amargarme la vida, a robarme las noches y también los días pero, por el momento, no calculaba entonces la magnitud de su castigo, aunque no voy a negar que todos los pelos de mi piel se volvieron a levantar como si de un presagio se tratase.
Todos reían, el hombre era el gran mago de la noche y los asistentes se entregarían a su magia como los niños se entregan a los payasos que les divierten con sus trajes de colores. Esa entrega que, llega incluso al fatídico desenlace de ser empapado por una flor que el actor lleva en la solapa, y que escupe sobre la cara de un inocente que empieza a llorar porque no se esperaba tal final.
Así me sentí cuando llegó la hecatombe, pero ya no soy una niña, no tenía que haberme dejado arrastrar por la novedad, por los colores, por aquellas palomas que aparecían y desaparecían. Hoy, mientras sigo perdiendo mis minutos oteando por la ventana, me reprocho haberme dejado llevar por el momento. Todavía, en este mismo instante, me pregunto el por qué de mi pasividad ante semejante amenaza.
No era feo, tal vez eso me despistase. Las personas no vemos el mal en alguien que sonríe, que agrada a los demás, que muestra un trato cordial y respetuoso, que da esperanzas a las creencias. Todos necesitamos creer en algo.
Mi querida familia perseguía con sus ojos al desgraciado de los trucos, todos querían pillarle en algún fallo para presumir de listos ante los comensales, pero según fue transcurriendo la función, comenzó el hechizo. Cuando me quise dar cuenta, todas las personas que amaba habían cambiado su gesto y ahora admiraban a mi enemigo. En ese mismo instante supe que estaba sola ante el peligro.
-A mi no me vas a empapar con una florecita estúpida -tramaba casi en voz alta porque ya daba igual, todos mis acompañantes me habían dejado sola en la mesa.
Yo no creo en la magia y ahora, más que nunca, puedo hacer esta afirmación. El canalla se acercó a mi, había conseguido envolver a su público en una pompa de jabón a la que no estaba dispuesta a entrar.
-¡Aquí me tienes! -le reté, ahora sí en voz alta.
-Me das pena -me dijo con su mirada.
CONTINUARÁ…
Texto: Natalia Pulido. @npulidojimenez
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