Relato corto: La flor estúpida (II)

La flor estúpida

Si, ya se que alguien puede pensar que no se habla con los ojos, pero juro que él lo hizo.

-No valoras la vida, la felicidad de pasar al día siguiente -continuó clavando sus pupilas en mi, generalizando de tal manera que me puso de los nervios.
-¿De qué me estas hablando maldito mago? -contesté ya chillando al pasar aquello de castaño a oscuro. ¡Un estúpido mago me estaba juzgando!, precisamente él que se dedicaba a engañar a las personas haciéndolas creer que son niños que volverán a sus casas contando que vieron volar a un elefante, que la chica desapareció delante de sus caras y que no estaba detrás de la cortina pensada.
-Con mi familia no vas a jugar más -me levanté inquieta dispuesta incluso a empujarle pues me estaba retando de una manera casi física y así tenía que devolverle yo la invitación.
-Te quedarás sola, divagando en tus problemas una y otra vez, problemas algunos reales, otros inventados, porque es lo que te gusta, es lo que deseas. ¿No aspiras a escribir una obra maestra sin que nadie te moleste?, así será y te arrepentirás de ello una y otra vez, porque la felicidad a la que aspiras es egoísta, es inhumana, es terrible -me condenó con su dedo atrofiado de intentar hacer magia barata, engañosa.
Cabreada, muy cabreada, el empujón que tenía reservado para él se lo dí a mi silla y fui en busca de mi abrigo, quería marcharme de aquella cueva de los horrores, pero no sin antes alertar a todos mis seres queridos de aquel fraude.
Ahí se desencadenó mi tormento. Mi familia había desaparecido.
-Tranquila Eva…tranquila -me hablé a mi misma.
Todavía, por aquel entonces, tenía claro que el miedo era algo que podía controlar. Me consideraba una persona fuerte, realista, firme en mis convicciones y no quedaba lugar en mi cerebro para entender de manera razonable, cabeza ante corazón, que las personas pudieran desaparecer sin más. Aquello era fruto de mi inseguridad y no iba a dejar que se apoderara de mí, era una mala pasada que me jugaban mis ojos, presos del pánico a…¿quedarme sola?.
Corrí entre la oscuridad del restaurante-sala-espectáculo, no sé que hacía él allí, impresionantemente quieto, casi levitando, recorriendo mis pasos con su mirada presumida, victoriosa.
-¿Tienes algún insulto más para mí?, ¿qué narices has hecho con los míos? -empecé a notarme cada vez más débil.
Corrí de un lado a otro buscando a las mujeres en el baño de señoras y a los hombres detrás de la tarima mágica porque siempre he pensado que ellos son más inocentes que nosotras y que intentarían colarse entre bambalinas para buscar el quid de la cuestión.
Allí no había nadie y todavía me cuesta reconocerlo.
Recordar como regresé a casa también me hace llorar. Tengo lapsus de todo aquello, mi corazón palpitaba como un trombón, profundo, más allá del interior de donde está colocado, como si hubiera otro cuerpo dentro de mi propio cuerpo. Las calles eran para mí como yo era para ellas, agradecían mis pisadas veloces como si hiciese siglos que nadie las interrumpía con un caminar ansioso. Todos los sonidos de la ciudad retumbaban dentro de mí, hace cinco meses todavía podía simularlos, ahora soy incapaz. Se me ha olvidado cómo eran los chillidos reproducidos por los niños en un parque, podría confundirlos con los mugidos de ya no sé que animal.
Es increíble como la mezcla de realidad y ficción han hecho que la búsqueda de otros “yo” crezca paulatinamente de manera desesperada y caótica.
Me encuentro en un mundo sin reglas, sin horarios ni normas, podría decirse que el mundo es mío pero en el mal sentido de lo que esto representa.
Echo de menos sus caricias, sus gestos de rendición ante mi piel que yo hidrataba con cariño de aromas diferentes cada mes. Lo hacía para llenar la casa de deseo, de miradas furtivas…me miro las piernas y están agrietadas, no me preocupa que se resquebrajen del todo ahora que sé que no aparecerá jamás.
Es curioso volver la vista atrás e imaginarme con mi portátil y el café recién hecho a mi izquierda, creando universos con la frustración de que siempre se puede mejorar. Mi padre me había regalado un aparato curiosísimo que mantenía el café caliente tan sólo enganchando esa herramienta por USB al ordenador.  Eran otros tiempos, pienso ahora mientras me sonrojo al recordar mis altibajos. Un día era premio Nobel, al día siguiente era la cáscara de naranja que recogía un mendigo al abrir una bolsa de basura. Hoy, veo todos los pisos vacíos, más de un indigente podría calentarse al calor de una chimenea abandonada, o mejor, en la mía propia, así tendría con quien hablar.
Tampoco me importaría (como en algunas series que nos veíamos Eladio y yo en el sofá arropados bajo una manta roja extravagante) tener la posibilidad de conversar con los muertos. Me levantaría por las mañanas y me iría al cementerio a charlar sobre lo sucedido, seguro que ellos tendrían más información que yo de este mundo desértico.
Sé que no estoy loca, eso lo puedo demostrar, pero no se a quién. También sé que estoy triste, muy triste. Todo lo que parecía de una importancia vital ha quedado convertido en algo ínfimo. Una crisis azotaba el país, la gente emigraba, a veces sin ton ni son porque no sabía ni a dónde, ni cuál sería el recorrido a seguir. Recuerdo que lo importante era no estar aquí, no seguir llorando por no tener e intentar reír por conseguir cada día un poquito más.
-¿Cómo va ese relato? -preguntaba Eladio con su sonrisa de medio lado cuando llegaba de trabajar.
-¡Esto fluye! -le contestaba una servidora con el tormento de pensar que siempre existía la posibilidad de hacerlo diferente, con un final más extraordinario.
CONTINUARÁ…
Texto: Natalia Pulido. @npulidojimenez
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