Relato corto: La flor estúpida (III)

Rottweiler fotografiado por Natalia Pulido
Intento animarme, experimentar algún tipo de sentimiento de los que antes podía disfrutar. Me es imposible, no hay manera de inventar ni un solo diálogo decente en un archivo de Word, aunque sea para pasar el rato, me da miedo que se me olvide hasta pensar. Son las 15.00 horas y me cortaría un brazo porque Dharma hablara.

Aquel día ella permaneció en casa a la espera de sus dueños, tarde o temprano llegarían para bajarla a la calle. Sospecho que ella también es consciente de este nefasta situación pero, a diferencia de mi, le basta y le sobra con mi compañía.
-¿Y si no hay nada más? -me interrumpo a mi misma.
Un mago puede desaparecer pero mi pregunta es ¿también puede morir?, ahora dudo de si creo o no en la magia. Nunca más le volví a ver. Me supongo que se esfumó de este lugar horrible y vacío en el que solamente habito yo.
-¡Tipo siniestro! -repito esta especie de insulto una y otra vez sin esperar respuesta y con mayor intensidad cada vez que lo hago.
Mi familia estará ahora riéndose. Mamá, allá donde esté, me supongo que trabajará como lo ha hecho siempre. Ahora no tendrá que mantener a tres hijas, algo positivo es que hay una boca menos, aunque desconozco si en el mundo de los esfumados el día a día funciona con el ir y venir del dinero.
Ayer me encontré un billete de cincuenta euros, es increíble como ha pasado a ser un simple papel de colores que no me hace falta para comer, para pagar el recibo de la luz o del gas, para irme de copas con los amigos.
No sé en qué esfera me encuentro, tal vez el gilipollas mágico lo que hizo fue trasladarme a mi y no a los demás, a lo mejor resulta que estoy en un mundo adjunto que quedó paralizado y al que le falta cuerda.
Empieza el atardecer. Hoy, que me parece que es martes, las parejas llegarían de sus puestos lineales sin novedad para entregarse por completo a un buen paseo mientras que el sol adormecido les calienta los riñones.
Las madres, tanto las primerizas como las entrenadas, empezarían a avisar a los pequeños de que es hora de subirse a casa para meterse un gran baño que sanará de todas las infecciones posibles a adquirir en un parque.
A mi hoy, como ayer y como antes de ayer, me entra esa morriña que me obliga a bajar la persiana y a cerrar bien las ventanas para no añorar nada que no sea un sofá real y una perra real, cosas tangibles en mi mundo actual.
-Vamos cariño que ya es tarde, despídete de Sergio que papá está apunto de llegar y no nos hemos ni duchado ni pensado qué vamos a cenar -se escucha esta voz desde la calle.
Me paro en mitad del pasillo, me parece haber oído una voz.
Ahora que acabo de prometerme que no estoy loca voy y comienzo a oír voces, lo que me faltaba.
-Vamos Dharma -nosotras tenemos que cenar algo.
Ha parado de llover, pero eso ahora, que más da.
FIN.
Texto: Natalia Pulido. @npulidojimenez
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