‘Lo que me queda por vivir’ de Elvira Lindo

Lo que me queda por vivir de Elvira Lindo

Sus últimas palabras son para él, porque sin él, ella no es nada. He tenido que respirar hondo para sacar fuerzas, se me había cortado el aliento mientras leía los últimos párrafos de la novela ‘Lo que me queda por vivir’ de Elvira Lindo (editorial Seix Barral)

Antonia, la protagonista de esta historia, es una mujer que quiere ser amada, seguramente como casi todas las personas que paseamos por la vida. Amar y ser amado, que bien suena. Pero hay amores mal entendidos, amores que hacen mucho daño, que crean dependencia, que hacen pequeño o pequeña a una de las partes, que mueren en el mismo momento en el que son consumidos…

Ella es fuerte aunque no lo crea, se ve asi misma como una marioneta en manos del destino caprichoso que baila según el son que marca ese amor maligno. Ese vaivén le avergüenza, le atormenta y, cuando se ha repetido en numerosas ocasiones, decide acomodarse en el silencio. No quiere exponerse a los demás sin darse cuenta de que su peor enemiga es ella misma.

Antonia se va culpando, se va analizando duramente, se ha convertido en la acción y el rechazo, en el si y en el no, una dualidad que le castiga. Yo, como lectora, me la imagino idealista, una mujer que desde niña tenía bien claro lo que quería y que sin darse cuenta se ha obligado a andar siempre en la cuerda floja. Ese caminar le fatiga, le aleja de su horizonte. Rechaza el enfrentamiento, prefiere gritar un minuto y relajarse a posteriori que vivir espada en mano. La pena de todo esto es que ni su silencio le ayuda a bajar las armas.

Y consciente de este tormento aguanta carros y carretas porque simplemente no sabe decir que no. A su lado siempre está su apósito, su pequeño Gabi, consciente de todo y ajeno a la cruda realidad.

– Dime, ¿cuál es la razón para que le deje volver? ¿No es el amor entonces? ¿Es el niño? ¿Es el miedo?

– Puede haber algo de esas tres cosas, pero en un porcentaje tan insignificante que no convierte a ninguna de ellas en la verdadera razón. Es una cuestión de competitividad: lo que de verdad te humilla es perder. No quieres perder y aún tienes la esperanza de salir ganando. Y eres capaz de destrozarte en esta lucha. El único futuro que ves con esperanza es haber ganado la partida. No soportarías ser la perdedora. Tu papá no os enseñó a aceptar la derrota, porque él, al que pierde, no lo quiere, lo ignora.

En dicho fragmento del libro, esta última es la voz de un amigo. Cuando se comparten los temores, los miedos se colocan en frente de uno y se hacen más visibles, se pueden mirar. A veces no hace falta ser psicoanalista para ver esas cosas, simplemente has vivido y compartido con un amigo muchas cosas y conoces de ellos sus grandezas y debilidades. A veces, ni con esas, puedes ayudarlos.

El libro Lo que me queda por vivir de Elvira Lindo

Pero la grandiosidad de esta novela es la forma de describir esos miedos, esas pasiones, esas frustraciones… esas culpas. La escritora ha metido en quirófano un corazón que va diseccionando. A los lectores, que somos los aprendices de enfermería, nos va gestando ese dolor interno, esa impotencia. Queremos salvar ese corazón pero nos acostumbramos a respetarlo, a quererlo, a acompañarle en sus paseos con viento que levantan esa falda que Gabi quiere bajar a toda prisa. Queremos a Antonia con nosotros, no la queremos ver volar.

‘Lo que me queda por vivir’ es un viaje interior. Antonia tiene veintiséis años cuando se ve sola con un niño de cuatro en el cambiante Madrid de los ochenta. Valiente, se enfrenta a la juventud y a la maternidad mientras intenta hacerse un lugar en la vida.

De esta novela hay muchas conversaciones que me fascinan pero me quedo con aquella que desgrana eso llamado JUVENTUD.

–       Eres muy joven.

Siento el absurdo de su frase, la frase tantas veces pronunciada por alguien maduro como una poderosa razón para la resistencia. La frase me ofende. La joven que soy yo no tiene conciencia, como jamás la ha tenido ningún joven, de estar disfrutando del regalo de la juventud. La juventud se vive sin saber qué significa, eso forma parte de su esencia.

Este domingo, primer domingo de mayo, se celebra el Día de la Madre, cabezas de familia que se batieron entre la juventud y la maternidad. Muchas tuvieron que ser muy valientes, como Antonia, y a sus hijos dedican sus últimas palabras, como lo hace Antonia en esta novela tan bonita.

Texto: Natalia Pulido. @npulidojimenez

 

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